El 85% de Gálvez: una mayoría estadística sin coherencia política ni capacidad de gobierno

Juan Carlos Marañón Albarracín

El vocero presidencial, José Luis Gálvez, se estrenó intentando imponer la narrativa de que “más del 85% de los bolivianos optó por algo distinto” y que ese resultado otorga al presidente Rodrigo Paz Pereira el mandato de “refundar y reconstruir la patria”.

Es el marco desde el cual el Gobierno busca ordenar la interpretación del país y advertir que quienes se oponen formarían parte de estructuras que promueven “conflicto y confrontación”. Ese esquema reduce el escenario a una lógica binaria donde la disidencia termina asociada al campo político que se pretende dejar atrás.

La contundencia del número es atractiva. Simplifica el mapa político, instala una sensación de mayoría abrumadora y ofrece una legitimidad aparentemente indiscutible. Pero cuando se desarma pieza por pieza, ese 85% revela otra cosa: una suma posible en términos aritméticos, pero una conclusión equivocada en términos políticos.

La base de esa cifra está en la primera vuelta de 2025. Los votos de Rodrigo Paz Pereira, Jorge Quiroga y Samuel Doria Medina, junto a candidaturas menores, alcanzan cerca del 88% al excluir al Movimiento al Socialismo, que quedó reducido a entre el 11% y el 12%. Desde ahí, la operación es directa: todo lo que no es MAS se agrupa, se redondea y se presenta como un bloque de “cambio”.

El problema del relato

La operación parte de una premisa que no resiste análisis: que todo voto que no fue para el MAS expresa una voluntad homogénea. No distingue entre proyectos, votantes ni motivaciones. En la práctica, no es así. El voto opositor no constituye un bloque único, sino un conjunto disperso de preferencias. Un votante puede rechazar al MAS sin compartir el mismo horizonte político que otro votante igualmente crítico. Convertir esa diversidad en una sola voluntad no es lectura de datos; es construcción de relato.

A esa fragilidad se suma otra más profunda: el significado del voto. En una elección, el voto no siempre es programático. Puede ser castigo, estrategia, identidad o incluso continuidad parcial con cambio de liderazgo. Reducir ese abanico a la idea de que “los bolivianos querían cambiar 20 años” no describe el comportamiento electoral; lo reinterpreta.

Las omisiones del relato

Hay, además, un elemento decisivo que no aparece en esa lectura: el voto nulo y blanco, que rondó el 20% en la primera vuelta, en un contexto marcado por el llamado de Evo Morales a anular el voto tras su exclusión de la contienda. Ese voto no expresa adhesión, sino rechazo. Puede ser rechazo al MAS, a la oposición o al sistema completo. Incluirlo, explícita o implícitamente, dentro del “85% del cambio” no es una interpretación consistente; altera su significado.

El propio comportamiento del voto desmonta esa lectura. El avance de Rodrigo Paz Pereira no puede explicarse como un simple crecimiento del voto anti-MAS. Gálvez omite un factor clave: la incorporación de Edman Lara introdujo un elemento disruptivo, con un perfil anticorrupción que canalizó el voto indignado y atrajo a sectores desencantados, incluidos segmentos que antes orbitaban en el espacio del MAS o del evismo. Parte de ese respaldo, por tanto, no responde a una conversión ideológica clara, sino a un desplazamiento coyuntural.

Aun así, el uso del 85% arrastra un problema metodológico adicional: mezcla momentos distintos del proceso electoral. La cifra se construye con datos de la primera vuelta, pero se utiliza para justificar el mandato político posterior a la segunda.

En el balotaje, el escenario cambia: Rodrigo Paz Pereira se impone con alrededor del 54,5% frente a Jorge Quiroga. Ese es el mandato efectivo. Lo anterior pertenece a otra fase del proceso.

Las diferencias que el relato borra

Rodrigo Paz Pereira no es lo mismo que Jorge Quiroga ni que Samuel Doria Medina. El propio Paz se encargó de marcar esa distancia en la campaña electoral al cuestionar que Samuel eligió a Lupo como candidato vicepresidencial, “un gran profesional, pero como me dijeron en Potosí, (señalando su frente) aquí dice crédito porque es un especialista para endeudar el país”.

En la misma línea, sostuvo que “Bolivia no necesita financiamiento del FMI ni de otras instituciones porque si no roban, la plata alcanza”. Hoy, con ese mismo entorno en funciones de gobierno y decisiones económicas que contrastan con ese discurso, esa diferenciación se diluye. Eso no es unidad de cambio; es dispersión política convertida en relato.

En este contexto, la afirmación del vocero adquiere otra dimensión. Gálvez, reconocido por su trayectoria en estudios de mercado y análisis de encuestas, no está ante un simple error técnico. Su rol exige precisamente lo contrario: garantizar un flujo informativo claro, oportuno y responsable.

La pregunta es inevitable: ¿el “85%” es una lectura imprecisa o el intento de instalar una narrativa políticamente funcional?

Esa duda se amplifica cuando el discurso oficial introduce la idea de un “proceso conspirativo” o de “estructuras que buscan conflicto”. Es un encuadre que divide el escenario entre quienes apoyan el cambio y quienes lo obstaculizan, simplificando una realidad que los propios datos muestran como más fragmentada.

Los datos, leídos sin forzarlos, dibujan un escenario distinto. El Movimiento al Socialismo pierde centralidad electoral. La oposición, en términos agregados, domina el mapa, pero lo hace desde la fragmentación. Y existe un componente fuerte de rechazo que no se traduce en adhesión a ningún proyecto.

En ese contexto, el 85% funciona como un recurso político eficaz, pero analíticamente insostenible. Sirve para ordenar el discurso, no para describir la realidad del país ni para sostener, por sí mismo, un mandato de transformación.

Ese número no expresa una voluntad común. Expresa una coincidencia circunstancial de diferencias. No es una mayoría de cambio. Es una mayoría de desacuerdo.

 

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