En la X de Rodrigo Paz hay diésel; en las calles, filas y protestas

Juan Carlos Marañón Albarracín

Tres días. Ese fue el tiempo que tardó en abrirse la grieta. El 24 de abril, en su cuenta de X, el presidente Rodrigo Paz preguntó en público lo que millones viven en privado: “¿Cómo estamos con el diésel hoy?”. La respuesta llegó rápida, ordenada, técnica: dos millones de litros despachados. Más de 1.200 cisternas en tránsito. Operaciones continuas.

Tres días después, la realidad respondió en otro idioma: bloqueos, filas, protestas. Ahí empieza el problema. No en la pregunta. Tampoco en la respuesta. Sino en la distancia entre ambas.

Porque en política energética, como en casi todo, no basta con que el combustible exista en los reportes. Tiene que existir en los surtidores. No alcanza con que esté en tránsito. Tiene que estar disponible. No sirve que el sistema funcione en papel si falla en la práctica.

El Gobierno habla en millones de litros. La calle mide en horas de espera. Y entre esos dos sistemas de medición hay una fractura que ningún informe logra cerrar.

Se dirá que la logística es compleja. Que hay retrasos, cuellos de botella, variables externas. Todo eso puede ser cierto, pero hay algo más básico, cuando la experiencia cotidiana contradice de forma sistemática el discurso oficial, lo que entra en crisis no es solo el abastecimiento. Es la credibilidad.

Porque el problema ya no es cuánto diésel se despacha. Es por qué no llega. Y esa pregunta, más incómoda, más política, no se responde con cifras; se responde con gestión. Lo que ocurrió en esos tres días no es un episodio aislado. Es una radiografía.

Un sistema que reporta normalidad mientras la calle acumula señales de escasez. Un Estado que comunica control mientras los ciudadanos gestionan incertidumbre. En ese desajuste se instala algo más profundo: la sensación de que hay dos países superpuestos.

Uno que funciona en los informes. Otro que sobrevive en las filas. El riesgo no es solo económico, es político porque cuando la realidad deja de coincidir con el relato, la pregunta ya no es “¿cómo estamos con el diésel?”.

La pregunta es otra: ¿Quién está viendo realmente lo que pasa en el país?

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