Cuando el dinero dejó de ser dinero
Hace unos meses una amiga me dió su cuota del almuerzo. Yo había pagado con QR y ella me lo devolvió en billetes. Eran billetes de la serie B. Como no los había visto antes, me parecieron falsos, pero luego de revisarlos los di por válidos. Al día de hoy, esos billetes son rechazados en muchos espacios comerciales o son sujetos a un detallado escrutinio. Sin ir muy lejos, el lunes me aventuré a querer pagar con ellos. Aquí algunas de mis experiencias, lo que escuché y vi en las calles. Spoiler: casi no pude pagar nada.
Antes, quiero aclarar que esta travesía fue realizada en zonas comerciales, populares, y espero que lo que les cuente sean anécdotas que nos ayuden a repensar este fenómeno como algo más complejo que nuestras primeras impresiones. Es posible que usted amable lector haya tenido otra vivencia, y me gustaría leerla también.
Primero, portar un billete serie B se ha convertido en algo estigmatizante, no porque sean ilegales, sino porque levantan sospechas. Es como llevar una bomba. “Mientras menos uno lo tenga, tanto mejor”, dicen algunos. Sin embargo, no se está llegando a comprender que las transacciones con estos billetes son como el mito de Sísifo: tienes un billete serie B, sientes preocupación porque quizás no te lo reciban, quizás vergüenza, pagas (si te reciben), lo depositas o lo regalas y crees que el problema está resuelto, pero no. Al recibir el cambio en una transacción, al ir al cajero o al acudir sistema financiero puedes recibir nuevamente uno de los millones de billetes serie B, y el ciclo comienza de nuevo: El billete tóxico, el miedo, la desazón, el impulso a deshacerte de él y volver a empezar. El problema no es el billete, es la incertidumbre que lo acompaña.
Habrán algunos tecnoentusiastas (como yo) que verán el lado positivo: Se incrementarán las transacciones digitales. Y sí, es muy probable que se incrementen. ¿Pero para quién? No me malinterpreten, no es una pregunta sencilla de responder, mi caserita que vende patitas en la calle Tumusla ya tiene su QR. Existen los medios, la tecnología, pero lo que se olvida a primera vista es la naturaleza de la actividad comercial: En el comercio, el tiempo es oro.
Quienes hemos acudido a mercados informales lo sabemos: Los compradores no tienen paciencia. Los vendedores deben hacer malabares por atender rápido, mostrar rápido, cobrar rápido, dar el cambio rápido. La validación billete a billete representa un tiempo incremental de transacción, pero más allá de eso, está la ruptura de confianza: No creeré que mis caseros me pasan billetes ilegales, pero tengo la necesidad de revisarlo, o de al menos tomar otras medidas.
Esto fue lo que pasó en el mercado, diferentes letreros de acuerdo al nivel de riesgo, el tipo de negocio y el flujo de transacciones. Aquí algunos ejemplos:
Lunes por la mañana, chófer de minibús: “No se reciben billetes de la serie B”. Tienda de bijouteria: “No se reciben billetes de la serie B de 10, 20 o 50Bs”. Caserita de las mañaneras: Sin letrero, me dice “QR nomás case por favor”. Casera de patitas (Verbalmente): “Patitas, patitas, pago con QR”. Lunes a mediodía, casera de almuerzos: “No se reciben billetes de serie B de 10, 20, 50, agradecemos su comprensión”. Lunes por la tarde, señora que vende velas: “Case, en moneditas porfa, pero si tiene billete serie B, puedo revisar” ¿Y si recibe un billete qué hace luego? le pregunto. “Unito he recibido, lo he llevado al banco, pero no al Unión porque es muy lleno. En el banco revisan y te reciben nomás case luego de hacer fila”. Ante eso, me pregunto ¿Cómo hará cuando quiera retirar su dinero y le den nuevamente billetes de la serie B?
Mientras, al atravesar varias entidades financieras, confirmo lo que dice mi casera: hay filas largas, incluso en bancos que antes normalmente se veían vacíos. Aunque a inicios de mes suelen haber filas por el pago de rentas, esta vez la escena sugiere algo diferente: Jóvenes, adultos, y adultos mayores llenan las agencias y las filas se extienden por las calles. Pero esto solo lo hace quien puede pagar el costo con su tiempo, dudo que alguien para quien el tiempo es oro haga una fila de horas para depositar sus billetes tóxicos, salvo que sea una urgencia, o no le quede otra opción. Pienso en los cajeros de los bancos que ahora deben revisar serie por serie, siendo que son evaluados por tiempo de atención. Nuevamente: El tiempo es dinero.
Por cierto, en todos los lugares tuve que pagar con QR, se me retuerce el estómago de pensar lo que hubiera hecho sin batería en el celular, o sin internet.
Pero no se preocupen, no todo fue rechazo en mi aventura. Hubo un minimarket que me recibió mis billetes, los revisó uno por uno en la página del BCB (con cierta flojera) y me dijo que si no recibe no vende y que así como recibe da cambio con esos billetes, que es responsabilidad de los clientes revisar. Me parece razonable, pero yo era la única clienta allí. ¿Y si hubiera habido fila? ¿Quiénes pueden darse el lujo de esperar y quiénes no?
Nuevamente pensé en el chófer del minibús o mi case de almuerzos, que reciben altos flujos de transacción, que difícilmente podrían filtrar serie por serie cada pago, y en caso de recibirlos tendrían que justificar con cada cliente al dar el cambio. Ni qué decir de adultos mayores, personas con discapacidad visual, dislexia, o incluso con falta de práctica en la revisión de billetes por medios tecnológicos. La solución de muchos ha sido rechazar estos billetes.
Esto no es nuevo, me pasaba hace dos semanas cuando tenía un billete viejito de 10Bs que nadie me recibía en la feria. En esa ocasión pensé “Mi dinero dejó de ser dinero”, no porque perdiera su valor legal, sino porque perdió su aceptación automática. ¿De qué sirve un billete que nadie quiere recibir?
En esta nueva realidad, es fácil juzgar a quienes “No cobran con QR”, o a quienes no “revisan la página del BCB”, pero seamos honestos, ése es el punto de vista de un comprador con tiempo y medios que como máximo realiza una docena de transacciones diarias. La realidad pragmática en las calles es diferente. Quizás no es tan bueno juzgar precozmente lo que está ocurriendo, no es ignorancia, es practicidad.
Es necesario aceptar que hace unos días, Bolivia cambió. Tal vez no fue un solo evento. Tal vez fue la acumulación de dudas, de mensajes confusos, de pequeños quiebres de credibilidad. El trágico accidente fue apenas un síntoma visible de algo que ya estaba tensionado. Y ante ello, ¿qué podemos hacer? Quizás es el tiempo de soluciones creativas de la mano de la evaluación del costo y quién los asumirá. En este momento el costo recae en la población: O pierde tiempo revisando los 9 dígitos de cada serie o pierde la oportunidad de hacer una transacción.
No basta con que el billete sea legal, debe aceptarse como válido, y eso requiere claridad, transparencia, y sobretodo, coherencia de parte de las entidades a cargo. Me parece que ése será el mejor inicio para intentar reestablecer lo que se ha roto, recuperar la confianza, y quizás en algún momento, el dinero vuelva a ser aceptado como tal.