Oruro revive su peregrinación de fe: el Carnaval boliviano se erige como patrimonio vivo del sincretismo andino

Oruro.- Desde las primeras luces de este sábado, las calles de Oruro se tiñeron de color, ritmo y devoción con el inicio de la entrada folklórica, corazón espiritual del Carnaval de Oruro. Miles de danzarines emprendieron una peregrinación de casi cuatro kilómetros hasta el Santuario del Socavón para cumplir su promesa ante la Virgen de la Candelaria, patrona de los mineros y eje devocional de una festividad que trasciende lo lúdico para convertirse en un acto sagrado de identidad nacional.

Con más de dos siglos de historia documentada, el Carnaval de Oruro es fruto del encuentro entre rituales ancestrales andinos —como la veneración a la Pachamama y los achachilas— y la tradición católica impuesta durante la colonia. Lejos de ser una simple celebración pagana, constituye una «peregrinación en danza», donde cada paso, cada máscara y cada nota musical rinde homenaje a una fe profundamente arraigada. En 2001, la UNESCO reconoció este valor excepcional al declararlo Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.

La entrada, que partió a las 6:30 de la mañana, reúne a 52 fraternidades oficialmente reconocidas, organizadas en seis bloques según su antigüedad institucional. La procesión es encabezada por los tres conjuntos más emblemáticos: la Diablada Auténtica Oruro (120 años), Incas Hijos del Sol (119 años) y la Morenada Zona Norte (112 años), quienes abren el recorrido con su promesa solemne ante la «Mamita del Socavón». A lo largo del trayecto, danzas como la Diablada —que simboliza la lucha entre el bien y el mal, donde los diablos (representación del «Tío», deidad del subsuelo minero) se rinden ante la Virgen—, la Morenada, Tobas, Caporales, Tinkus, Kullawada, Llamerada y Waca Waca despliegan la diversidad cultural boliviana en un espectáculo no competitivo, sino profundamente devocional.

El «tío» y el carnaval

«El Carnaval empieza cuando es el primer convite «, expresó un músico mientras afinaba su instrumento en la plaza principal, donde butacas para todo tipo de público aguardaban a los espectadores. La expectativa no solo moviliza a la población local, sino también a visitantes nacionales y extranjeros que buscan vivir una experiencia donde la fe es el hilo conductor.

Mientras Oruro vive su sábado de peregrinación, otras regiones del país encienden sus propias celebraciones. En Santa Cruz de la Sierra, el Cambódromo recibirá desde las 17:30 el Corso Cruceño, con más de 200 comparsas, carros alegóricos y reinas que desplegarán siete horas continuas de color y alegría. La organización habilitó 16 accesos y sectores diferenciados —desde zonas gratuitas hasta tarimas especiales— para recibir a multitudes.

En La Paz, el festejo se matiza con el Corso Infantil, mientras que el lunes cobrará protagonismo la entrada del anata, con sus personajes icónicos: el Ch’uta y el Pepino, reconocidos como Patrimonio Cultural Inmaterial del Carnaval paceño. El Pepino, arlequín alegre y pícaro con máscara que simboliza la alegría popular, contrasta con el Ch’uta, danzante ataviado con traje bordado y máscara de ojos azules que corteja a una chola en una representación que satiriza a los colonizadores españoles.

El punto culminante del ciclo festivo será el martes de Ch’alla, rito ancestral considerado sagrado en la región andina. Este es un acto de reciprocidad con la Pachamama consiste en regar la tierra, hogares, negocios y vehículos con alcohol, vino y elementos simbólicos —serpentinas, pétalos, confites— como gesto de gratitud por los bienes recibidos y petición de prosperidad futura. Más que un simple festejo, representa la búsqueda de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, renovando energías y fortaleciendo los lazos comunitarios en el cierre espiritual del carnaval.

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