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Quienes creían que el racismo ignorante era un amargo recuerdo en Bolivia se equivocaron. La Bolivia de la blanquitud, creada y gobernada por los patrones, fue y es esencialmente antiindio. En 1825, los patrones fundaron la República de Bolivia en la Casa de la Libertad de la ciudad de Sucre excluyendo y subordinando a los pueblos indígenas. Casi dos siglos después, la semana pasada, en el frontis de la misma mítica Casa, ante las cámaras de la TV, flagelaron a los hermanos indígenas insubordinados. Fue un acto macabro que simboliza la esencia etnofágica de la Bolivia oficial de la blanquitud.
Frente a esta situación, surgen varias preguntas. ¿Dónde está el Estado, monopolio legítimo de la fuerza? ¿Será que se diluyó por completo en Bolivia? Y si esto fuera así, ¿qué hace el gobierno del Compañero Evo Morales si ya no hay Estado que gestionar? ¿O será que la violencia xenófoba de los patrones, hoy, es permitida por el Estado como un instrumento para la auto derrota de sus adversarios? Estas son preguntas que el gobierno debe responder. Pero la pregunta de fondo es: ¿Por qué la Bolivia de la blanquitud odia tanto a los indios? Muchas son las respuestas a esta última interrogante:
Nos odian porque somos el espejo que refleja su fracaso y su derrota histórica. Tuvieron cerca de dos siglos, desde que fundaron Bolivia, para construir la “moderna” y mestiza nación boliviana, a la medida de sus intereses y aspiraciones, pero fracasaron intelectual y moralmente. Hoy, Bolivia no es “moderna”, ni mestiza. En dos siglos de gobierno, sólo engendraron una burocracia cleptómana que dilapidó al país.
Copiaron reformas educativas, servicios militares obligatorios y promovieron desde el Estado políticas públicas para aniquilar nuestras culturas, pero hasta en eso fracasaron. Ahora, como nunca antes, la diversidad boliviana los apabulla hasta en sus alcobas. Les duele nuestra presencia porque les recuerda su esterilidad e incapacidad casi natural para alcanzar sus aspiraciones.
Padecen una crónica anomia (carencia de identidad) frente a las múltiples y dinámicas identidades indígenas que se autoafirman por todas partes. Sufren una profunda inseguridad existencial porque ya no pueden autoafirmarse negando y aniquilando al Otro diferente. Esta situación patológica desencadena en ellos conductas xenofóbicas. Pero con estas actitudes lo único que ganan es el repudio nacional e internacional. Y así están atrapados en la vorágine de la soledad.
Flagelan a nuestros hermanos en las plazas públicas, como hicieron con nuestros padres y abuelos hasta matarlos, porque nuestra presencia les recuerda su realidad esquizofrénica. Sueñan con ser occidentales, pero llevan en su sangre genes indígenas. Añoran con practicar la moral liberal, pero su flácida voluntad los empuja a los vicios del indio que tanto odian... Padecen una profunda esquizofrenia cultural: siempre odiando lo que son y soñando con lo que no son. Son pobres infelices que no saben ni siquiera quienes son, y mucho menos tiene, ni tuvieron, una visión clara de Bolivia como país. Les duele pasar a la historia boliviana como viles fracasados intelectual y moralmente. Les duele porque de ahora en adelante los delincuentes ya no pasarán a la historia como héroes nacionales.
Está demostrado que los indígenas somos lo que ellos no pudieron ser: baluarte y bastión de la bolivianidad en construcción. Hemos defendido y recuperado los recursos naturales y la dignidad del pueblo frente a las empresas multinacionales, monstruos con quienes los patrones de la Bolivia de la blanquitud se prostituyeron. Les duele nuestros logros por Bolivia porque demuestran su fatídico fracaso. Por eso humillaron a nuestros hermanos en el frontis de la Casa de su Libertad.
Las flagelaciones que soportan nuestros padres, madres, hermanos y hermanas, nos duele en el alma, pero es un dolor fecundo porque mantiene y mantendrá viva nuestra subversiva memoria histórica. Junto con nuestros muertos sin sepultura que deambulan por las fértiles tierras bolivianas exigiendo justicia, lucharemos hasta dignificar la indigna vida a la que nos condenaron. No hemos nacido para morir en el intento, ni hemos iniciado para claudicar en el amanecer.
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